La novia del Rey del Frio (cuento tradicional Escandinavo).

Publicado por HEATHENPRIDE , jueves, 5 de febrero de 2015 13:54

 Cuentan los mas ancianos del lugar,que  hubo una vez un viejo que vivía con su mujer, ya  también anciana, y con sus tres hijas, la mayor de las cuales era hijastra de la anciana.

Como sucede casi siempre en estas historias, la madrastra era una mujer mezquina que no dejaba nunca en paz a la pobre muchacha y la regañaba y humillaba  constantemente con cualquier pretexto.

— ¡ Qué perezosa y sucia eres! ¿ Dónde pusiste la escoba? ¿ Por que no has encendido el fuego? ¡ Qué sucio está este suelo!

Y, sin embargo, la pobre Astrid era gracil y hermosa  y era una muchacha buena, pues, además de linda, era muy trabajadora y modesta.

Ya la tenias faenando al amanecer, y aun con nieve, iba en busca de leña y de agua, encendía la lumbre, barría, daba de comer al ganado y se esforzaba en agradar a su madrastra aunque esto era batalla que siempre perdia, asi que acababa soportando pacientemente cuantos reproches, siempre injustos, le hacía.

 Sólo cuando ya no podía más se derrumbaba  en un rincón, donde se consolaba llorando.

Sus hermanas no eran mejores que la cruel anciana, con el ejemplo que recibían de su madre, le dirigían frecuentes insultos y la mortificaban cuanto podian ; acostumbraban a levantarse tarde, se lavaban con el agua que Marfutka había preparado para asearse ella y se secaban con su toalla limpia.  Despues la obligaban a peinarlas y labar sus vestidos

Después de haber comido  y aun a veces mas tarde,es cuando solían ponerse a trabajar, o al menos a aparentar que lo hacian. El viejo se compadecía de su hija mayor, pero no sabía cómo hablar en su favor, pues  siempre era su mujer la que mandaba en aquella casa y hacia su voluntad , no le permitía nunca dar su opinión.


Las hijas de la anciana  fueron creciendo, y pronto llegaron a la edad de buscarles marido, y los ancianos calculaban y discutian entre ellos  el modo de casarlas lo mejor posible. El padre deseaba que las tres tuviesen acierto en la elección; pero la madre, tan mezquina como siempre, sólo pensaba en sus dos hijas y no en la hijastra. Un día se le ocurrió una idea perversa, y dijo a su marido:

— Oye, viejo, ya es hora de que casemos a la mayor pues pienso que mientras ella no se case tal vez suceda que las niñas pierdan un buen partido ya que ella les quitara el interes de los pretendientes; así es que nos tenemos que deshacer de ella  casándola lo antes posible si no quieres ver a las pequeñas solteronas.

— ¡ Bien! - contesto el anciano ya cansado sentandose junto al fuego..

Entonces la vieja, rio entre dientes y  continuó:

— Yo ya le tengo elegido un novio adecuado; así es que mañana te levantarás al amanecer, engancharás el caballo al trineo y partirás con Astrid; pero no te diré dónde debes ir hasta que llegue el momento de marchar.

Luego, dirigiéndose a su hijastra, le habló así:

— Y tú, hijita querida, te daras prisa y  meterás todas tus cosas en tu baulito y te vestirás con tus mejores galas, pues tienes que acompañar a tu padre a una visita. Y es preciso que causes la mejor de las impresiones.

Al día siguiente la muchacha  se levantó al amanecer como solia, se lavó cuidadosamente, saludó al padre y a la madre, puso lo poco que tenía en el pequeño baúl y se engalanó con su mejor vestido. Y alli se quedo esperando .

El viejo salio a la cuadra, cuando hubo enganchado el caballo al trineo, lo puso ante la puerta de la cabaña y dijo:

— Ya está todo listo; y tú,hija mia, ¿ estás también preparada?

— Sí, estoy ya dispuesta para seguirle, padre mío.

— Bien — dijo la madrastra—; ahora es preciso que comáis y bebais pues es largo el camimo.

El anciano padre, lleno de asombro, pensó: ‘¿ Por qué se sentirá hoy tan generosa la vieja?’, sabia que tam buen trato para Astrid no era habitual

Cuando terminaban ya de comer, dijo la esposa al asombrado viejo y a su hijastra:

— Te he desposado, has de saberlo, con el Rey del Frío. No es un novio joven ni apuesto, los dioses lo saben, pero es aun asi buen partido , ya que en cambio, es  riquísimo, y ¿ qué más puedes desear? Con el tiempo llegarás a quererle.Y no te faltara nunca de nada

El anciano dejó caer la cuchara, que aún tenía en la mano, y miro tembloroso a la muchacha y con los ojos llenos de espanto miró  despues suplicante a su mujer.

— Por Dios, mujer — lo dijo—. ¿ Perdiste el juicio?, ¿como puedo entregar a mi hija a semejante personaje?

— No sirve ya que protestes;inutil, al final tengo que arreglarlo todo yo!!! ! está decidido, y basta! ¿ No es acaso un novio rico? Pues entonces, ¿ de qué  ha de quejarse? Todos los abetos, pinos y abedules los tiene cubiertos de plata pura . No tendréis que andar mucho; iréis directamente hasta la primera bifurcación del camino, luego tiraréis hacia la derecha, entraréis en el bosque, y cuando hayáis recorrigo unas cuantas leguas veréis un pino altísimo y allí ha de quedar esperando la novia....Fíjate bien en el sitio que te digo para no olvidarlo, pues mañana volverás para hacerle una visita a la recién casada. ¡ Ánimo, pues y marcharos ya! Es preciso que no perdáis tiempo.

Era , lo cuentan aun los ancianos,un invierno crudísimo el de aquel año; cubrían la tierra enormes montones de nieve helada  y los vientos rugian feroces y los pájaros caían muertos de frío cuando intentaban volar. El desesperado viejo abandonó el banco en que estaba sentado y casi sin animos, acomodó en el trineo el equipaje de su hija, mandando a ésta que se abrigara bien con la pelliza, y al fin se pusieron los dos en camino.

Ella hubiese querido decir algo a padre....pero lo vio tan triste y abatido, que prefirio callarse y no decir nada durante todo el viaje.

Cuando llegaron al bosque se internaron en él. Era un bosque frondoso, y tan espeso, que parecía infranqueable. Al llegar tras largas horas de viaje  bajo el altísimo pino hicieron alto, y el viejo dijo a su hija:

— Baja, hija mía., aqui es donde debes esperar a tu esposo

Ella le obedeció y su padre descargó del trineo el baulito, que puso al pie del árbol,  despues abrazo a ka muchacha y hizo que su hija se sentara sobre él cofre, y dijo:

— Espera aquí a tu prometido y acógelo cariñosamente. Se que al menos tenemos su palabra de que te tratara bien.

Se despidieron, y el padre volvió a tomar el camino de su casa. Sintio como si le hubiesen arrancado el corazon alli mismo... y se dice que en todo el resto de la jornada no dijo una sola palabra.

La pobre niña, al quedar sola al pie del altísimo pino sentada sobre su baúl, sintió una  gran tristeza. Al poco rato empezó a tiritar y a sentir la mordedura del frio, pues hacía un frío intensísimo, que la iba invadiendo poco a poco.
De pronto oyó allá a lo lejos al Rey del Frío, que hacía gemir  a todo el bosque saltando de un abeto a otro. Por fin llegó hasta el pino altísimo, y al descubrir a aquella pobre chica le dijo:

— Doncellita, ¿ tienes frío? ¿Tienes frío, doncella  hermosa?

— No, no tengo frío, abuelito — contestó la infeliz muchacha por no disgustar a su pretendiente, mientras daba diente con diente.

El Rey del Frío fue descendiendo haciendo gemir al pino más y más, y ya muy cerca de Astrid  volvió a preguntarle:

— Doncellita, ¿ tienes frío? ¿ Tienes frío, princesita  hermosa?

Y la pobrecita niña  aunque quiso abrir sus labios no le pudo responder porque ya empezaba a quedarse helada.

Entonces el rey la miro alli tan sola y desvalida y  sintió gran compasión por ella y la arropó bien con abrigos de pieles y la prodigó mil caricias. Luego le regaló un cofrecillo en el que había mil prendas lujosas y de valor, un capote forrado de raso y muchísimas piedras preciosas.

— Me conmoviste, niña, con tu docilidad y paciencia, y eso ha de tener su recompensa

La perversa madrastra se levantó con el alba y se puso a freír buñuelos para celebrar lo que ya consideraba hecho, posiblemente la muhacha habia muerto congelada.

— Ahora — dijo a su marido casi gritando— vete a felicitar a los recién casados.

El viejo, pacientemente, enganchó el caballo al trineo y marchó. Todo el camino se temia lo peor, asi que cada legua recorrida, se sentia mas abatido.

Cuando llegó al pie del pino no daba crédito a sus ojos: su hija estaba sentada sobre el baúl, como la dejó la víspera, sólo que muy contenta y abrigada con un precioso abrigo de pieles; adornaba sus orejas con magníficos pendientes y a su lado se veía un soberbio cofre de plata repujada. 

Cargó el viejo todo este tesoro en el trineo, hizo subir en él a su hija y, sentándose a su vez, arreó al caballo camino de su cabaña. Por el camino narro la joven su encuentro con el rey del Frio...mientras el anciano feliz la escuchaba

Mientras tanto, la vieja, que seguía su tarea de freír buñuelos, sintió que el Perrillo ladraba debajo del banco contento:

— Por que este saco lleno de pulgas ladra??...solo se alegra cuando ve a Astrid...y ella esta muerta y helada

Incomodóse la vieja al oírle, y la rabia le hizo coger un leño, que tiró al can.

— Ya regresa ese mentecato...seguramente con el cuerpo helado de esa desgraciada!


Al fin sintióse llegar al trineo y la vieja se apresuró a salir a la puerta. Intento aparentar que no esperaba mas que el regreso del anciano, que nada especial esperaba.
Quedó asombrada al ver que Astrid venía más hermosa que nunca, sentada junto a su padre y ataviada  como una princesa,ricamente enjoyada con pesados broches de tortuga en su pecho y congando cadenas de oro y plata. Junto a sí traía el cofre de plata que encerraba los regalos del Rey del Frío.

La madrastra disimuló como pudo su rabia, acogiendo con muestras de alegría y cariño a la muchacha, y la invitó a entrar en la cabaña, haciéndola sentar en el sitio de honor, incluso por una vez atizo ella el fuego de la casa.

Sus dos hermanas sintieron como era de esperar  gran envidia al ver los ricos presentes que le había hecho el Rey del Frío, y pidieron a su madre que las llevara al bosque para hacer una visita a tan espléndido señor, al fin de cuentas, aunque podridas por dentro, tambien eran doncellas muy guapas.....

— También nos regalará a nosotras — dijeron—, pues somos tan hermosas o más que Astrid, regresaremos cubiertas de oro y plata.

A la siguiente mañana la madre dio de comer a sus hijas, hizo que se vistieran con sus mejores vestidos y preparó todas las cosas necesarias para el viaje.  Al viejo no le agrado la idea...pero como nunca le preguntaban su opinion, callo y no dijo nada.

Despidiéron con prisa e ellas a su madre y, acompañadas del viejo que las guiaba en el trineo de mala gana,  partieron hacia el mismo sitio donde quedara la víspera su hermana mayor. 

Y allí, bajo el pino altísimo, las dejó sentadas sobre sus cofres su padre.

Sentáronse las dos jóvenes una junto a otra, decididas a esperar y entretenidas en calcular las enormes riquezas del Rey del Frío. Llevaban bonísimos abrigos; pero, no obstante, empezaron a sentir mucho frío. Y por mas que se tapaban, poco a poco las calaba

— ¿ Dónde se habrá metido ese rey? — Dijo una de ellas—. Si continuamos así mucho rato llegaremos a helarnos. Y no luciremos nada guapas...

— ¿ Y qué vamos a hacer? — Dijo la otra—. ¿Te figuras tú que novios del rango del Rey del Frío se apresuran por ir a ver a sus prometidas? Y a propósito: ¿ a quién crees tú que elegirá, a ti o a mí?

— Desde luego creo que a mí, porque soy la mayor. Dijo una de ellas orgullosa

— No, te engañas; me escogerá a mí., aunque menor soy mas guapa!

— ¡ Serás tonta!...y asi continuaron discutiendo, mientras poco a poco el frio arreciaba.

Se pelearon en un largo intercambio de insultos y de palabras y acabaron por reñir seriamente. Y riñeron, riñeron, hasta que de repente oyeron al Rey del Frío, que hacía gemir al bosque saltando de un abeto a otro.

Enmudecieron las jóvenes  llenas de espanto y sintieron al fin sobre el pino altísimo a su presunto prometido, que les decía:

— Doncellitas, doncellitas, ¿ tenéis frío? ¿ Tenéis frío, hermosas?— ¡ Oh, sí, abuelo! Sentimos demasiado frío. ¡ Un frío enorme! gritaban...

Esperándote, casi nos hemos quedado heladas. ¿ Dónde te metiste para no llegar hasta ahora?, asi tratas a todas tus prometidas???...dejandolas solas y olvidadas???

Descendió un tanto el Rey del Frío, haciendo gemir más y más al pino, y volvió a preguntarles:

— Doncellitas, doncellitas, ¿ tenéis frío? ¿ Tenéis frío, hermosas?

— Maldito tonto!!, Vete allá, viejo estúpido! Nos tienes medio heladas y todavía nos preguntas si tenemos frío. ¡ Vaya! ¡ Mira que venir encima con burlas! Danos de una vez los regalos o nos marcharemos inmediatamente de aquí.

Bajó entonces el Rey del Frío hasta el mismo suelo e insistió en la pregunta:

— Doncellitas, doncellitas, ¿ tenéis frío? ¿ Tenéis frío, hermosas?

Sintieron tal ira las hijas de la vieja, que ni siquiera se dignaron contestarle, y entonces el rey sintió también enojo y las azoto con suventisca  de tal modo que las jóvenes quedaron alli tiesas en la misma actitud violenta que tenían; y todavía el Rey del Frío esparció sobre ellas gran cantidad de escarcha, quedaron convertidas en estatuas de frio hielo, mientras el rey del Frio se fue alejándose por fin del bosque, saltando de un abeto a otro y haciendo gemir las ramas de los árboles bajo su agudo soplo...

Al día siguiente dijo la mujer a su esposo:

— ¡ Anda, hombre! Engancha de una vez el trineo, pon gran cantidad de heno en el  y lleva contigo la mejor manta, pues con seguridad que mis hijitas tendrán mucho frío. ¿ No ves el tiempo que está haciendo? ¡ Anda! ¡ Ve deprisa! y traelas de regreso a casa....

El anciano hizo todo lo que le decía su mujer y marchó en busca de las hijas. Al llegar al sitio del bosque donde quedaron las doncellas levantó las manos al cielo con gesto desesperado y lleno de estupor; encontro alli a  sus dos hijas estaban heladas y parecian muertas, sentadas al pie del altísimo pino. Fue preciso levantarlas  como si fuesen bloques de hielo para depositarlas en el trineo y dirigirse a casa.

Entretanto la vieja preparaba una comida suculenta para regalar a sus hijas; pero el Perrito ladró esta vez de nuevo con un tono lastimero bajo el banco de la casa:

— ¡Maldito saco de pulgas!...acaso no te alegras de que mis niñas regresen a casa??

La mujer, encolerizada, le tiró un leño.

—  Saldre a recibirlas como princesas....mucho mas hermosas que esa desarrapada!

Por fin llegó el anciano, y salió la esposa a recibirle; pero quedó como petrificada: sus dos hijas venían heladas, tendidas  como estatuas sobre el trineo.

—  Qué hiciste, viejo idiota? — le dijo—. ¿ Qué hiciste con mis hijas, con nuestras niñas adoradas? ¿ Es que quieres que te golpee con el atizador del fuego?...como me las traes asi heladas???

— ¡ Qué quieres que le hagamos, mujer! — contestó el viejo con desesperado acento y una honda tristezae en su cara —. Todos hemos tenido la culpa: ellas, las infelices, por haber sentido envidia de su hermana y  por el deseo de riquezas; tú, por no haberlas disuadido y por avaricia y envidia ciega, y yo he pecado siempre de cobardia dejándote hacer cuanto te vino en gana.

Ahora ya no tiene remedio . Y  ambos callaron y no dijeron nada...

Y fue asi como aparecio la humilde Astrid...y sintio pena por sus hermanas... y aun bajo las protestas de su padre, partio sola con el trineo entre la nieve y la escarcha...

Dicen que regreso al amanecer del dia siguiente, con una sonrisa en la cara...y que hizo prometer a su madre, que jamas la maltrataria a ella, ni reprocharia nada a sus hermanas...

Arrancada esta promesa, saco de entre sus ropas una campanita de plata...y al tocarla se desprendieronlos hielos, que aprisioaban a sus hermanas...que con caritas de frio, la miraron asombradas...ella las abrazo feliz, y ninguna de las dos se atrevio a decir nada.

 Dicen que a partir de entonces, todos la  trataron con mimo, y que se quisieron las tres como buenas hermanas y que con la llegada del verano fue primero Astrid, la que pasado algún tiempo se casó con un buen mozo, bailando los dos ancianos el día del desposorio.

En cuanto a sus hermanas, se dice que las dos tambien encontraron con el tiempo esposo... y que aprendieron a ser humildes y buenas esposas en sus casas... y que todos vivieron muy felices compartiendo como buena familia, los tesoros de Astrid, aunque muchos ancianos piensan que ella pecaba de demasiado buena...y aunque amorosa...jamas les debio nada.

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